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viernes, 9 de abril de 2021

El origen del lenguaje articulado (TFG, Grado de Medicina, 2018)

La cavidad supraglótica y la lengua del ser humano difieren de las del resto de especies primates en aspectos sustanciales. Puede decirse que las cavidades bucal y faríngea de nuestra especie asemejan un sistema de dos tubos de igual longitud dispuestos en serie y acoplados formando un ángulo de 90oLas principales modificaciones funcionales en este sistema se producen a partir de los movimientos de la lengua, cuyo tercio posterior puede alcanzar la faringe, deprimirse o elevarse, así como moverse hacia medial y lateral. De la misma manera, las distintas posiciones de la laringe en el plano vertical nos permiten modificar el tamaño del tracto vocal supralaríngeo (TVSL), reforzando con ello determinadas frecuencias formantes y eliminando otras. Por el contrario, los simios apenas poseen espacio faríngeo, su cuerpo lingual es largo y plano y está contenido por completo en la cavidad bucal. Además, su laringe se sitúa lo suficientemente alta como para poder contactar con el paladar blando y sellar herméticamente el paso del aire, lo que les permite deglutir y respirar al mismo tiempo. Esta misma configuración está presente en los lactantes humanos, que pueden mamar y respirar a la vez. Sin embargo, en los seres humanos adultos la laringe está baja y alejada de la nasofaringe, lo que resulta en un riesgo evidente de que los alimentos puedan alcanzar la glotis por error y causar la muerte por asfixia. 


 

Comparación de la anatomía del tracto aerodigestivo superior en el orangután (a), chimpancé (b) y hombre adulto, donde destaca la posición baja de la laringe respecto a la nasofaringe en el ser humano y la lengua larga, plana y totalmente contenida en la cavidad bucal de los primates. Fitch WT. The evolution of speech: A comparative review. Trends in Cognitive Science. 2000;4(7):258-267.

 

    Desde un punto de vista evolutivo, parece claro que el diseño de la cavidad supraglótica humana representa un compromiso excepcional dentro del mundo animal entre las exigencias de la alimentación y la producción del lenguaje. 

 

¿Por qué los actuales simios, nuestros parientes más cercanos, carecen de cualquier rudimento de lenguaje articulado?, ¿es la especial geometría de las cavidades bucal y laríngea humanas una adaptación para el lenguaje?, ¿por qué ha sido seleccionada la capacidad articulatoria pese a suponer un claro riesgo vital? El esclarecimiento de todas estas cuestiones es una tarea compleja que implica la correcta reconstrucción de modelos a partir de escasas evidencias fósiles, así como conocimientos profundos de anatomía comparativa, por lo que distintos especialistas han llegado a conclusiones dispares. 

     En su artículo On the speech of Neanderthal man (1971), el lingüista Philip Lieberman y el anatomista Edmund S. Crelin se dispusieron a determinar la capacidad articulatoria del hombre de Neanderthal con el objetivo de localizar evolutivamente el inicio del lenguaje hablado. Con su investigación sentaron las bases de lo que posteriormente se conoció como teoría del descenso de la laringe, ampliamente discutida pero reconocida en la actualidad como una de las hipótesis más robustas sobre la capacidad vocal de los homínidos modernos.

     En ese trabajo, ambos autores estudiaron la anatomía de un número de cráneos y de cabezas de recién nacidos, personas adultas y chimpancés, y compararon una serie de medidas y estructuras con las del cráneo del Homo neanderthalensis encontrado en La Chapelle-aux-Saints, Francia. Descubierto en 1908, lo relevante de este espécimen es que es el único cuyo esqueleto se ha preservado casi por completo (la datación vigente estima que vivió hace 56.000 a 47.000 años). 

     Asimismo, realizaron moldes de escayola de los tractos aerodigestivos superiores de todas las piezas. Para obtener el molde del homínido hubo primero que reconstruir sus cavidades nasal, bucal, faríngea y laríngea. Debido a las muchas similitudes encontradas entre las bases del cráneo y los maxilares del recién nacido y del hombre de La Chapelle y aplicando los amplios conocimientos de Edmund Crelin sobre la anatomía del hombre y del simio, fue posible reconstruir el TVSL neandertal con un grado elevado de confianza.

      Lieberman y Crelin hallaron que: (1) recién nacidos, chimpancés y hombre de Neanderthal tienen la lengua totalmente contenida en la cavidad bucal, mientras que en el hombre adulto su tercio posterior contribuye a formar la pared anterior de la cavidad faríngea; (2) en recién nacidos, chimpancés y hombre de Neanderthal, la posición elevada de la laringe permite que paladar blando y epiglotis se aproximen entre sí, no quedando apenas ninguna porción de faringe formando vía aérea, mientras que en el hombre adulto casi la mitad del tracto vocal supralaríngeo está formado por la cavidad faríngea. Como se ha comentado ya, esa porción de faringe en el hombre adulto sirve de vía para la deglución y para el paso de aire, mientras que en chimpancé, recién nacido y hombre de Neanderthal la porción de faringe localizada posteriormente a la cavidad oral está reservada para la deglución.



Cráneos de recién nacido (A), Homo neanderthalensis(B) y hombre adulto (C). En B se aprecia la reconstrucción de laringe, músculo geniohioideo (G), hueso hioides (H), ligamento estilohioideo (S), membrana tirohioidea (M), cartílago tiroides (T) y cartílago cricoides (CC). La intersección del ligamento estilohioideo y músculo geniohioideo con el hueso hioides ocurre en una posición mucho más elevada en recién nacido y espécimen de Neanderthal que en el hombre adulto. Lieberman P, Crelin ES. On the speech of Neanderthal man. Linguistic Inquiry. 1971; 2(2):203-222.

 

 

    El siguiente paso fue averiguar las limitaciones que el TVSL del hombre de Neanderthal imponía al inventario fonético humano. El argumento es como sigue: si conocemos la distancia entre glotis y labios y calculamos las áreas transversales de las distintas cavidades, podremos obtener mediante un modelo informático de análisis acústico la posible configuración articulatoria de ese homínido. Los resultados que obtuvieron dejaban claro que el tracto vocal del hombre de La Chapelle formaba un sistema de resonancia de tubo único que no podía modificarse para emitir los formantes de las vocales universales [i], [a] y [u]. En cuanto a las consonantes, parece que solo podría articular labiales y dentales como [b] o [p]. El hombre de Neanderthal, concluyen los autores, carecía de los prerrequisitos anatómicos para producir el amplio rango de sonidos que caracterizan el habla humana.

      Podría afirmarse que aquí sí, la ontogenia recapitula la filogenia, en el sentido de que a los 3 meses de edad la laringe empieza a descender en el ser humano hasta alcanzar su posición final a los 4 años. De la misma forma, en algún momento de la evolución de nuestra especie, el descenso de la laringe nos permitió adquirir un sistema articulatorio de dos tubos, cuyas áreas funcionales podemos modificar gracias a poseer un articulador que puede moverse ampliamente en los planos vertical y horizontal. La emergente capacidad para el lenguaje hablado es coherente con las muestras de utillaje tecnológicamente avanzado y con los refinados objetos decorativos hallados en las excavaciones europeas, lo que reafirma, según Lieberman, que los humanos modernos poseían un mayor nivel cultural y manejaban mejor los símbolos abstractos que los homínidos anteriores.

     Las conclusiones de Lieberman concuerdan con los resultados de varios estudios publicados por esa época por el anatomista de la Universidad de Nueva York Jeffrey Laitman y sus colaboradores. Este equipo estudió una serie de nueve cráneos de homínidos del Plio-Pleistoceno en los que reconstruyeron el TVSL a partir de un minucioso examen craniométrico. 

      Para llevar a cabo su estudio, trazaron una línea sagital en la base craneal de las piezas fósiles, desde los incisivos (prostión) hasta el borde anterior del foramen magno (endobasión), pasando por otros tres puntos intermedios (estafilión, hormión y esfenobasión) y midieron las distancias e inclinación entre esos hitos anatómicos. 


 


Puntos craniométricos de la línea sagital del basicráneo de un individuo de la especie Pan troglodytes. (A) prostión, (B) estafilión, (C) hormión, (D) esfenobasión, (E) endobasión. Comparación con las líneas de otras especies homínidas y de humano moderno. Boyd R, Silk JB. Cómo evolucionaron los humanos. Barcelona: Ariel; 2004.


     Se obtuvieron así varias líneas basocraneales que se compararon con las obtenidas previamente de otros primates de las especies PanPongoGorillaHylobates Macaca. Encontraron que el arqueamiento del basicráneo, desde el paladar duro hasta el foramen magno, guarda una relación directa con la localización de laringe y faringe. En concreto, observaron que, al igual que en los actuales primates y en el recién nacido, una base de cráneo aplanada (platibasia) corresponde con la posición elevada en el cuello de las citadas estructuras del TVSL, de forma que la lengua descansa por completo en el interior de la cavidad bucal y tanto la epiglotis como la laringe se sitúan intracranealmente. La elevada posición de la laringe en esos especímenes reduce la porción supralaríngea de la faringe y por tanto el área disponible para las maniobras de los articuladores, impidiendo la producción de los tres sonidos más distintivos del lenguaje humano, [i], [a] y [u]. Dicho de otro modo, el rango de vocalizaciones de estos homínidos del Plio-Pleistoceno no podría ser, comparativamente, mucho más amplio que el que exhiben los actuales simios. Laitman argumenta que solamente los humanos anatómicamente modernos poseen una base de cráneo lo suficientemente arqueada para dejar espacio al elongado TVSL que poseemos en la actualidad. Como se verá más adelante, el momento en que esta especial conformación anatómica surgió en nuestra historia será objeto de debate.

      En 1982, Lieberman y Laitman aúnan ambas hipótesis y publican conjuntamente un artículo en la revista Journal of Human Evolution,en que defienden que es muy probable que una serie de cambios únicos en la especie Homo, como son el arqueamiento de la base del cráneo, el descenso de la laringe y la concomitante expansión y redefinición de la cavidad laríngea, alteraron la anatomía de su TVSL para permitir una amplia variedad de vocalizaciones a expensas de la función deglutoria. La capacidad lingüística coincidiría en el tiempo con el brusco cambio en el registro arqueológico que se produjo hace alrededor de 40.000-60.000 años, lo que contextualiza adecuadamente la hipótesis de la emergencia del habla a la luz de la evolución cognitiva y simbólica de nuestra especie.

 

En 1983, un equipo conjunto de antropólogos israelíes y franceses desenterraban en los depósitos Musterianos de la cueva de Kebara (monte Carmelo, Israel) los restos óseos casi completos de un joven neandertal que vivió hace unos 60.000 años, al que denominaron Kebara 2. Este esqueleto se distinguía de todos los hallados hasta la fecha en un detalle precioso: un hueso hioides totalmente preservado. 

      Este pequeño hueso con forma de U se localiza distal al cuerpo mandibular, justo por debajo de la raíz lingual, aproximadamente a la altura de C3-C4. En cuanto a sus relaciones anatómicas, el hioides se une a la apófisis estiloides del temporal mediante el músculo estilohioideo, al suelo de la cavidad bucal por la musculatura suprahioidea (en especial geniohioideo y milohioideo) y al cartílago tiroides mediante la membrana tirohioidea. El hioides forma la base ósea de la lengua y desempeña un papel importante en su movilidad; asimismo, eleva la laringe y permite la deglución. Su importancia, no obstante, radica en que es un indicador fiable de la posición anatómica del TVSL, debido a que epiglotis y cuerdas vocales se sitúan en línea por detrás de él. Desde un punto de vista embriológico, la mitad inferior del cuerpo y las astas mayores tienen su origen en el tercer arco branquial y la mitad superior del cuerpo y las astas menores proceden del segundo arco branquial.

      Tras estudiar el hioides de Kebara 2, el anatomista de la Universidad de Tel-Aviv Baruch Arensburg y su equipo lograron publicar una escueta carta al director en la revista Nature, que, pese a su brevedad, logró levantar un enorme revuelo en la comunidad científica. La razón es que ponía en duda el dogma del descenso de la laringe en el origen del habla. Lieberman y Laitman estaban equivocados: el TVSL de los neandertales podría ser indistinguible del de los humanos modernos.

      Los argumentos de Arensburg y colaboradores son relativamente simples. Los rasgos métricos del hioides de Kebara 2 son idénticos a los del hioides de un humano adulto y sin embargo el resto de huesos del esqueleto muestra marcadas diferencias morfológicas con los huesos modernos. En especial, la mandíbula posee unas dimensiones (amplitudes bicondilar, bigonial, bimental y longitud máxima del cuerpo mandibular) que exceden en 3 desviaciones estándar las de las mandíbulas de la especie Homo. Esta robustez contrasta con el tamaño del hioides, que parece haber permanecido estable al menos durante los últimos 60.000 años. Quizás, discuten los autores, los elementos óseos derivados de los arcos branquiales embrionarios muestran cambios evolutivos más lentos que aquellos que provienen del mesodermo; siguiendo esta misma línea argumental sugieren que la laringe, situada justo por debajo de esta estructura, tampoco ha sufrido modificaciones sustanciales. Además, añaden los autores, la estabilidad morfológica del hioides se observa en otros huesos viscerales endocondrales, como en los osículos del oído medio hallados junto a restos de neandertales contemporáneos del joven de Kebara, que pueden ser catalogados como anatómicamente modernos.

      En sendos artículos publicados en 1990 y 1991, Arensburg y colaboradores amplían sus argumentos, poniendo en duda la relevancia del arqueamiento del basicráneo y la supuesta localización de la laringe neandertal. Según Arensburg, la distancia entre la base craneal y la laringe puede ser estimada si conocemos la altura mandibular, la forma de la columna cervical y el tamaño del propio hioides. La porción cervical de Kebara 2 es muy similar en su forma y proporciones a la nuestra, lo que implica necesariamente una relación también parecida entre mandíbula e hioides, concluyéndose entonces que el espacio laríngeo del joven de Kebara era tan amplio como lo es el del hombre moderno.

 

La teoría del descenso de la laringe y su implicación en la capacidad articulatoria del hombre de Neanderthal ha sido ampliamente debatida (Falk 1975, Le May 1975, Gibson 1994, Fitch 2001, Boë 2002), pero escapa a las pretensiones de esta entrada dar cuenta de cada una de las publicaciones críticas con distintos aspectos del artículo seminal de Lieberman y Crelin. Baste remarcar que la mayoría se ha centrado en cuestiones metodológicas, poniendo de relieve probables inexactitudes en el cálculo de las dimensiones craneales y supuestos fallos en la reconstrucción del tracto aerodigestivo superior del hombre de la Chapelle. Pero cabe mencionar que, a partir de los años 90, vieron la luz otros trabajos que refuerzan la hipótesis de que los requerimientos anatómicos al servicio del habla pudieron existir antes de la aparición de Homo sapiens

      Una aportación muy interesante en este sentido es la de los antropólogos Kay, Cartmill y Balow (1998) quienes, en un estudio comparativo, observaron que el canal por donde discurre el nervio hipogloso para inervar la lengua es relativamente mucho más ancho en los seres humanos que en los grandes simios, probablemente debido al papel crucial de este órgano en la producción de los sonidos lingüísticos. Los hallazgos fósiles analizados demostraron que el tamaño del canal hipogloso en los primeros australopitecinos y en Homo habilis es similar al de los modernos simios, mientras que el de los dos individuos neandertales estudiados (La Chapelle-aux-Saints y La Ferrassie 1), sería indistinguible del nuestro. 

      En otro estudio de corte comparativo, los anatomistas McLarnon y Hewitt (1999) analizaron las medidas de las vértebras de varios especímenes de simio, homínidos extintos y humanos modernos. Su hipótesis era que, una vez descartadas otras posibles explicaciones, el ensanchamiento del canal vertebral torácico podría ser una adaptación para el habla. Estos autores argumentan que, al hablar, los requerimientos en términos de control neural sobre el diafragma y los músculos de la caja torácica se incrementan: el habla obliga a un patrón ventilatorio más complejo que en la respiración rítmica basal, puesto que las inspiraciones son más cortas y rápidas y se siguen de una espiración más lenta que permite la vocalización. El habla es, en definitiva, una tarea motora compleja para la cual, como especie, hemos necesitado aumentar la inervación de la región torácica. 

      Los resultados de su análisis demuestran que el canal vertebral torácico de los primeros homínidos (A. afarensis, A. africanusH. ergaster) posee unas dimensiones similares a las de los actuales simios y sustancialmente menores que las de los especímenes neandertales y de Homo sapiens examinados.

     Ambos estudios, por tanto, sugieren que algunas adaptaciones anatómicas para el habla podrían haberse originado en un ancestro común a Homo sapiens Homo neanderthalensis y amplían así el tiempo de posible evolución del habla a 400.000 años.

 

En 1963 el premio Nobel Niko Tinbergen publicó On the aims and methods of Ethology, un artículo que revolucionó la psicología evolucionista. Según Tinbergen, las cuatro preguntas que debemos hacernos para entender una determinada conducta animal son: (i) ¿Qué mecanismos neurales, fisiológicos, anatómicos, están en el origen de la expresión de esa conducta?, (ii) ¿cómo emerge ésta durante el desarrollo embrionario y postnatal del individuo?, (iii) ¿de qué modo proporciona una ventaja adaptativa y por tanto contribuye al éxito reproductivo del individuo? y (iv) ¿cómo apareció la conducta en la especie? La primera pregunta es la que, con mayor o menor fortuna, han intentado dilucidar los distintos investigadores mencionados hasta estas líneas. Como hemos visto, según unos autores, la ampliación del espectro articulatorio y la consiguiente expansión fonética son el único fenómeno que da cuenta de la reorganización del tracto aerodigestivo superior de los homínidos más modernos. En cuanto al resto de preguntas de Tinbergen, el descenso de la laringe desde la etapa de formación embrionaria hasta su posición final en la primera infancia es un fenómeno ya estudiado. Filogenéticamente, las ventajas selectivas que pudieron favorecer ese fenómeno son evidentes. También el contexto histórico en que seguramente se produjo, etapa conocida en el ámbito de la arqueología como de la “revolución cognitiva”, parece indicar que el habla y, por ende, el lenguaje, coevolucionaron con el resto de capacidades intelectuales en Homo

     Sin embargo, como parecen sugerir las investigaciones más recientes, el descenso de la laringe probablemente no fue la única preadaptación anatómica necesaria para la aparición del habla, sino que seguramente fueron un conjunto de modificaciones físicas y neurológicas las que dotaron a los individuos de la especie Homo de habilidades conductuales, entre ellas un sistema de comunicación complejo, que supusieron una ventaja adaptativa respecto al resto de homínidos. 

 

domingo, 4 de abril de 2010

Palabras y reglas: hipótesis sobre el escenario lingüístico inicial

De las muchas cuestiones aún por resolver en el estudio del origen del lenguaje, ninguna es tan esquiva como la naturaleza de las primeras emisiones lingüísticas en nuestra especie.
Pese a que desde la escuela formalista, por lo general, los esfuerzos se han centrado en la determinación de los mecanismos computacionales que operaron sobre un lexicón primigenio, desde otros ámbitos se intenta reconstruir de una forma más o menos coherente la forma y la gradual evolución del primer lenguaje usado por nuestros ancestros.

Independientemente de hacia dónde han dirigido el foco de su estudio, una asunción teórica común en la mayoría de biolingüistas es la existencia de un léxico comunicativamente eficaz antes de que empezaran a operar sobre él, seguramente optimizándolo a pasos agigantados, las primeras reglas sintácticas.
Una primera controversia emerge aquí a propósito de qué se ha de considerar lenguaje: ¿podemos llamar lenguaje a la mera concatenación inestable de unidades léxicas o, por el contrario, no hay lenguaje propiamente dicho hasta que no se consolida un armazón estructural con el que expresar pensamientos proposicionales mínimamente complejos? Visto desde otro ángulo, ¿pudo haber lenguaje sin sintaxis o, tomando el famoso título de Pinker, han de converger sus dos ingredientes principales, words and rules?

Estas y otras cuestiones relacionadas son las que abordaré en los siguientes apartados de esta entrada, dedicada a analizar el papel de las palabras en la evolución lingüística.

La centralidad de las palabras en la emergencia del lenguaje

“To account for the emergence of the language faculty –hence for the existence of at least one language- we have to face two basic tasks. One task is to account for the `atoms of computation´, the lexical items [...] The second is to discover the computational properties of the language faculty”. (Chosmky 2008: 5, u.p.).
¿Debemos interpretar este párrafo como un intento de capitulación, una aceptación de los comentarios de cierto sector crítico hacia su artículo de 2002? ¿Quiere restituir Chosmky importancia al léxico o sigue pensando que el único elemento plenamente humano y específicamente lingüístico es Merge?

Recordemos que Chomsky, Hauser y Fitch si bien defienden una FLN con el mecanismo recursivo generativo como único componente, apuntan tímidamente que quizás ciertos aspectos clave de las palabras podrían considerarse también exclusivamente humanos, que un número de propiedades léxicas elementales parecen tener análogos u homólogos “débiles” entre el mundo animal. Ésta, no obstante, es su máxima concesión al léxico en su hipótesis exaptacionista.

Un problema esencial al que Hauser, Chomsky y Fitch no dedican ni una línea (debido precisamente a que el propósito de su artículo es la defensa del origen emergentista, no evolucionista del lenguaje) es el paso de un lenguaje desprovisto de sintaxis a un lenguaje plenamente sintáctico. Porque, ¿qué hay, qué sucede entre las primeras palabras pronunciadas y el momento en que Merge empieza a operar? ¿Surge Merge, el mecanismo computacional generativo por excelencia, a la par que el lexicón inicial o ha de asumir éste antes cierta masa crítica en que una combinatoria arbitraria y cambiante se torna inviable, comunicativamente hablando?

Al igual que Berwick (1998), parece que Chomsky asume que “all that was needed for syntax to arise was a pre-existing lexicon and a single combinatorial operation called Merge”. Sin embargo, Chomsky es lo bastante vago en su último artículo sobre biolingüística como para dejar este tema a la interpretación del lector (2008: 12): “maybe about 75,000 years ago, an individual in a small group of hominids in Esta Africa underwent a minor mutation that provided the operation Merge –an operation that takes human concepts as computational atoms, and yields structured expressions that provide a rich language of thought”. Lo único que nos queda claro a partir de este párrafo es que Chomsky se reafirma en su pop hypothesis sobre la sintaxis, pero, lamentablemente, no es nada explícito sobre la precedencia o posterioridad de Merge respecto a un posible inventario ya operativo de unidades léxicas.
Sin embargo, si hemos de ser fieles al espíritu chomskyano, no hay mucha cabida dentro de sus postulados para un protolenguaje pre-gramatical, lo cual crea el problema que apunta Bickerton (2005, citado en tu presentación): o bien aceptamos que las palabras ya existían o nos encontramos con que Merge no habría podido operar sobre nada.
He aquí un asunto que sin duda Chomsky se verá obligado a aclarar en futuras intervenciones.

Revisión de algunos posibles escenarios

Todos los autores consultados que adscriben la postura gradualista convienen en que el principal evento en la evolución del lenguaje es la producción de unidades léxicas plenamente simbólicas. Sin embargo, pocos son los que han intentado dar cuenta del modo en que se crearon las primeras palabras. Alison Wray es una de esas excepciones.

De la llamada a la palabra

Wray (1998 y 2002) formula su hipótesis tomando como punto de partida un protolenguaje holístico puramente manipulativo y convirtiéndolo, de modo poco realista para algunos críticos, en un lenguaje analítico con gran potencial referencial.
Argumenta (2002: 133-234): “[I propose] that our ancestors first communicated entirely holistically, which limited them to using only a fixed set of routine manipulative utterances. They then developed a second, analytic system, that ran side by side with it. The impetus for the appearance of this system was the disambiguation of holistic messages [...] through the introduction of words for people and things, and, consequently, actions”.

Para cumplir con lo que parece es ya una conditio sine qua non de la investigación en la evolución del lenguaje, Wray postula sus propios fósiles lingüísticos: se trata de las miles de expresiones holísticas que trufan nuestra práctica comunicativa diaria, como los modismos, las colocaciones, las expresiones desemantizadas y el lenguaje formulaico en general.

El problema principal, que resalta Bickerton, es que el tipo de lenguaje primigenio que propone Wray no es holístico sino que se parecería a nuestras actuales lenguas polisintéticas: ¡una expresión del tipo que sea no es holística si puede descomponerse en elementos más pequeños con significado propio! Las mismas pruebas que propone, las fórmulas o modismos, aunque ya no cumplen con el principio de composicionalidad semántica, contienen sin embargo elementos distinguibles y significativos: el verdadero lenguaje holístico, al igual que los sistemas de llamadas animales, está formado por secuencias no descomponibles, entre otras cosas porque carecen de fronteras fonológicas internas.
Por otro lado, Bickerton encuentra la desambiguación, el proceso de interpretación de las partes de la llamada holística, terriblemente problemático. Para él, el vacío teórico más grande que impone esta teoría es (a) cómo empezaron a intuir nuestros ancestros (que carecían de cualquier noción sobre el lenguaje) que esas unidades holofrásticas estaban formadas por elementos significativos discretos “for if no sophisticated phonology existed, how could speakers judge whether any pair of phonetic tokens represented `the same´or `different´ syllables?” (2007:517) y (b) aún más difícil de imaginar es cómo, a pesar de la ambigüedad semántica que presentan las “holofrases” animales (donde un grito puede significar: “vete de aquí” o “no te acerques a mis hembras” o “voy a darte una paliza”) fue posible consensuar un único significado para cada una de las supuestas subunidades de la emisión.

Pese a todo, a Wray debemos un intento serio y elaborado de dar cuenta del origen de los primeros átomos lingüísticos, con la difícultad que entraña congraciar ese hecho con la visión continuista de la emergencia del lenguaje.

De las palabras a la sintaxis: what use is half a wing?

En este apartado listaré muy brevemente algunas de las teorías más comentadas que se han propuesto en torno a la evolución del lenguaje.
Todas tienen en común que
(i) parten de un escenario donde ya existía cierta forma de lenguaje (por tanto no se ocupan de cómo fue el paso de la llamada a la palabra)
(ii) dan por sentado que fue la convergencia de una serie de factores biológicos, culturales y cognitivos lo que posibilitó la emergencia y difusión del lenguaje
(iii) proponen una lenta mejora cualitativa y cuantitativa del código en varias etapas sucesivas, cosa que contrasta drásticamente con la tesis emergentista chomskyana, tal como explica Jean Aitchison (1998: 22-23): “Chomsky´s argument in favour of fast emergence is unconvincing. `What use is half a wing?´ he implies. Yet half-wings probably allowed birds to parachute slowly out of trees before they acquired the ability to fly upwards. Similarly, even small sections of language could have been useful, much as a few local words in a foreign city are more useful than no words”.

La misma Aitchison (1998, 2000, 2001) defiende que la expresión de las primeras palabras vino acompañada de lo que denomina la “consciencia del poder nombrar”, una consecuencia natural de la capacidad simbólica de la especie en determinada etapa. El gran paso adelante, señala, se produciría cuando al desarrollo total de la habilidad expresiva (gestual o vocal) se le sumaría este naming insight, lo que resultaría en una explosión de léxico. Algo parecido al primer gran hito a nivel ontogenético.

La explosión del nombrar llevó pronto a la necesidad de combinar las palabras de un modo no arbitrario sino consensuado, fácilmente interpretable. Al contrario de los chimpancés adiestrados, cuya mínima sintaxis muestra una combinatoria altamente impredecible, los seres humanos poseemos, según esta autora, unas preferencias de ordenamiento determinadas genéticamente (del tipo small on large, por ejemplo) que nos llevan a preferir The cat sat on the mat a The mat lay under the cat. Tipológicamente hablando, esas preferencias combinatorias se reflejan en universales sintácticos no absolutos como animate first o action-object closeness.

Charles N. Li, por su parte, es taxativo respecto a la importancia del léxico (2002: 88): “If we are interested in the origin of language, we need to understand the emergence of symbolic signals”. La emisión de las primeras palabras representa para este autor, en términos lingüísticos, el paso del Rubicón en la evolución de nuestra especie.
Más que a etapas o fases, Li se refiere en su obra a tres momentos culminantes en el advenimiento del lenguaje propiamente dicho (the crystallization of language). En primer lugar, se produciría la creación lenta de un repertorio de signos simbólicos para objetos concretos, cuya difusión y establecimiento dependería de un proceso paralelo de transmisión social y cultural. El segundo gran hito (a quantum leap) tendría lugar con la creación de nuevos signos para expresar entidades abstractas como los eventos o acciones. Por último, el tercer momento mágico en este proceso evolutivo llega cuando el vocabulario acumulado alcanza una masa crítica (op. cit. 90): “A lexicon with a critical mass contains all the bare essentials necessary for communication. Once words are sequenced to form larger linguistic units, grammar emerges naturally and rapidly whithin generations. The emergence of grammar in the first generation of speakers of a creole attests to the speed of the process”.

Lamentablemente, encontramos en este autor, como en muchos otros, la idea feliz de que la sintaxis aparece algo así como el conejo de la chistera: por arte de magia. Los detalles sobre la configuración de algo tan complejo y lleno de matices extraordinarios como el diseño computacional de nuestro lenguaje no merecen para Li gran atención. Quizás asume, tal como se queja amargamente Bickerton, que la sintaxis se reduce a cuatro reglas de ordenamiento oracional (1998: 342): “the belief seems widespread that once you have progressed as far as John loves Mary [...] syntax is off and running and nothing stands in the way of it gradualy expanding to embrace all the many complexities found in contemporary languages. Every serious syntactician knows that this is untrue. Serial sequencing is the least important aspect of syntax. Crucial relationships are vertical, not horizontal”.

Una propuesta muy parecida encontramos en la obra de Ray Jackendoff. Su asunción teórica respecto de los orígenes del código lingüístico no es muy distinta de la del resto de autores citados (1999: 272): “well before fully-fledged modern language, there must have been voluntary use of symbolic vocalizations (or other signals such as gestures)”.
La parte más innovadora en la teoría de Jackendoff es quizás aquella en la que apela a fósiles lingüísticos actuales que revelarían cómo fue el estadio de las “emisiones de una sola palabra”. Exclamaciones del tipo ¡ala!, ¡ay!, ¡epa!, ¡fiu!, etc., contienen ciertos rasgos primitivos que las convierten en esencialmente diferentes del resto de ítems léxicos de nuestro vocabulario: están ligadas a situaciones emocionales o afectivas, no pueden ser integradas en construcciones sintácticas y permanecen, en tanto que léxico automático proveniente del hemisferio derecho, en el habla de pacientes afásicos, incluso en la fase aguda. Además, añade el autor, otros aspectos de su especial semántica y pragmática indican que son restos aislados de un sistema anterior al lenguaje gramatical moderno.
El problema principal con estos supuestos fósiles es que son emisiones cualitativamente muy similares a las llamadas de la comunicación animal y Jackendoff no elabora, inexplicablemente, cómo pasamos de esas unidades holísticas y dependientes del contexto a emitir signos plenamente simbólicos.

Al igual que los autores anteriores, Talmy Givón defiende lo que denomina dos ciclos distintos de simbolización en el desarrollo del código lingüístico: el primero fue la emergencia del léxico y de su instrumento formalizador, la fonología, y el segundo fue el perfilamiento gradual de la gramática, codificada a través de la estructura morfosintáctica. De forma novedosa, este autor destaca (2002: 4): “In each cycle, an initial phase of more natural (iconic, non-arbitrary) code must have been followed by a shift toward a more arbitrary, symbolic code. In each, both the early iconicity and the later shift toward symbolism had unimpeachable adaptive motivations”.

A lo largo de sus trabajos, Givón defiende, en la línea de lo que hemos visto hasta ahora, que el desarrollo de la gramática tuvo por fuerza que ser uno de los últimos estadios en la evolución del lenguaje, secundario a la aparición de un inventorio léxico inicial. Se propone demostrar que “léxico antes que sintaxis” equivale a decir que una comunicación con características de pidgin precede evolutivamente a un lenguaje plenamente sintactificado (idea similar al protolenguaje de Bickerton). Para ello se sirve de la evidencia que proporcionan tres procesos evolutivos ampliamente estudiados: la adquisición del lenguaje en la infancia, los patrones de cambio diacrónico y el paso de las lenguas pidgin a criollos.

¿Como sería la comunicación pre-gramatical, el protolenguaje que propone Givón? Esencialmente, tendría las siguientes características:

(i) El grueso de las pistas para la codificación y decodificación del discurso pre-gramatical descansaría en el léxico y en un conjunto reducido de reglas sintácticas cognitivamente transparentes (icónicas) como la regla de proximidad y relevancia (units of information that belong together conceptually are kept in close temporal proximity) o la regla de ocurrencia e información (the order of occurrence of events in reality should be mirrored in the linguistic account).

(ii) Los recursos morfológicos estarían asusentes.

(iii) Las construcciones serían simples y coordinadas.

(iv) El orden de las palabras en la oración vendría modificado por mecanismos pragmáticos básicos como la disposición tema-rema.

El autor concluye que la dependencia de este tipo de comunicación pidgin del repertorio léxico concuerda con el hecho de que ontogenéticamente las palabras se adquieren antes que la gramática (tanto en la primera como en las siguientes lenguas aprendidas), además de con el hecho de que diacrónicamente las unidades léxicas son universalmente la precursoras, el origen, de la estructura morfosintáctica de las lenguas. En relación con esto último, toda la evidencia acumulada estos años en el ámbito de la teoría de la gramaticalización parece señalar hacia un más que probable estadio léxico inicial compuesto exclusivamente por nombres y verbos (Heine y Kuteva, 2007).

Conclusión

Después de este repaso sucinto a varias propuestas actuales de corte evolucionista, dos asuntos parecen indiscutibles, al menos a la luz del tipo de pruebas ontogenéticas con que contamos: el primero tiene que ver con un estadio léxico de partida (donde las palabras serían la piedra de toque en el escenario lingüístico primigenio); el segundo apunta a un proceso lento y gradual de optimización del código, consistente en la adición de material gramatical y en la fijación de ciertos recursos estructurales y de combinatoria.

Con más o menos acierto un buen número de autores ha elaborado este paso gradual de un protolenguaje basado en el léxico a lenguaje plenamente sintáctico; sin embargo, los principales promotores de la emergencia brusca y global de los mecanismos (o del mecanismo) sintácticos, tienen aún que explicar al resto de la comunidad científica cómo es posible que el armazón lingüístico haya podido surgir en ausencia de contenido semántico alguno.

Como colofón, las palabras de Jackendoff a este respecto (2002: 233): “The common view of Universal Grammar treats it as an undecomposable `grammar box´, no part of which would be of any use to hominids without all the rest. The syntactocentric perspective in particular presents serious conceptual difficulties to an evolutionary story. Syntax is useless without phonology and semantics, since it generates structures that alone can play no role in communication or thought; so syntax could not have evolved first”.

lunes, 26 de mayo de 2008

Shared Symbolic Storage

Buscando temas sobre la evolución del lenguaje he dado con un blog excelente que no puedo más que recomendar a todo el mundo: Shared Symbolic Storage, de Michael Pleyer.
Si este es el nivel de los estudiantes universitarios alemanes, no me extraña que nos preguntemos qué anda mal en nuestra educación escolar!!!
Os paso el link, que añado también en la columna "otros blogs":
http://sharedsymbolicstorage.blogspot.com/

Es una pasada!

jueves, 17 de enero de 2008

Los orígenes del lenguaje

Cada vez que me enfrento a una faceta o una subdisciplina nueva de la lingüística me convenzo más de que un fenómeno tan natural como el lenguaje es en verdad algo maravilloso y complejo. Estoy haciendo algunas lecturas sobre la emergencia y evolución del lenguaje (desde el punto de vista filogenético) y es un tema que te deja, literalmente, con la boca abierta. Recomiendo vivamente a todos los interesados que se hagan con algunos volúmenes para este verano. La experiencia vale mucho la pena.

Wray, A. (ed.) (2002): The Transition to Language, Oxford: OUP.
Heine, B. y T. Kuteva (2007): The Genesis of Grammar, Oxford: OUP.
Tallerman, M. (ed.) (2005): Language Origins, Oxford: OUP.
Christiansen, M. H. y S. Kirby (eds.) (2003): Language Evolution, Oxford: OUP.

Lo interesante del estudio de la emergencia y posterior evolución del lenguaje (o, mejor dicho, de las lenguas) es que no hay “fósiles”: el lenguaje oral no deja huella, con lo que no contamos con ninguna prueba objetiva que nos permita saber a ciencia cierta cómo fue la protolengua de los primeros “homo loquens”. Contamos, tan sólo, con hipótesis más o menos plausibles, con aproximaciones teóricas en muchos casos interinas (entre las más cuestionadas últimamente está, por ejemplo, la del descenso de la laringe). Así, dependiendo de la rama de estudio (y aun de la escuela) en que se inscriba cada especialista, los modelos teóricos que se proponen para dar cuenta del mismo fenómeno son absolutamente dispares. Y, lo que es mejor, la mayoría de los escenarios protolingüísticos que se construyen, si bien basados en las conjeturas, son plausibles, es decir, se sostienen con argumentos, en la mayoría de las ocasiones, muy sólidos. Entre las cuestiones que se dirimen en la actualidad destacan:

-¿Evolucionó el lenguaje a partir de los gestos?
-¿Evolucionó el lenguaje a partir de las llamadas de los primates o como un sistema de comunicación pre-humano único y totalmente diferente?
-¿Emergió el lenguaje como un todo (es la llamada all-or-none theory), provisto ya con una estructura, o se fue lentamente configurando, haciéndose cada vez más complejo, más sintactitizado en estadios sucesivos? Y en ese sentido, ¿son las lenguas modernas sustancialmente diferentes de la o las protolenguas (uniformitarian versus non-uniformitarian hypotheses)?
-¿Fue la capacidad de conceptualizar el paso previo y necesario para hablar? ¿Fue el lenguaje diseñado en su origen para las mismas funciones que cumple en la actualidad?
-¿Pueden servirnos los hallazgos arqueológicos para determinar la fecha en que empezó a usarse el lenguaje (the great-leap-forward theory)?
-En cuanto a la metodología, ¿hemos de basar nuestro método de reconstrucción en generalizaciones extraídas del estudio diacrónico o, por el contrario, podemos dar cuenta de la evolución lingüística desde una perspectiva acrónica?
-¿Existe o no el paralelismo entre ontogenia y filogenia?
-¿Existen “fósiles lingüísticos” en las lenguas modernas, es decir, estructuras o elementos primitivos que nos permitan intuir cómo era el lenguaje de nuestros ancestros?
-¿Es la emergencia del lenguaje perfectamente explicable en términos de adaptación natural, esto es, puede concebirse estrictamente como un fenómeno biológico? Y si es así, ¿cuáles son las fuerzas que empujaron la necesidad de su traspaso generacional: la competición con otras especies por los recursos, la lucha sexual, la organización grupal para la búsqueda de los alimentos (the foraging theory), las crecientes necesidades comunicativas producto de la intensa vida social de los primeros homínidos?

Naturalmente, muchas de las teorías no son excluyentes entre sí, sino que pueden complementarse. Aun así, la pregunta sigue en pie: ¿con qué quedarnos? En esto reside, para mí, el atractivo del tema. Este es el acicate que te obliga a pensar y a relacionar, forzosamente, el hecho lingüístico con fenómenos biológicos, sociales y culturales. Es en este ámbito, más que en ningún otro, donde se hace menester, como bien defiende Newmeyer, un enfoque multidisciplinar (donde colaboren antropólogos, biólogos, expertos en computación, lingüistas, neurólogos y genetistas) que nos permita iluminar el fenómeno desde varias perspectivas, si no queremos acabar con una teoría fragmentaria o parcial.
El tema es apasionante, así que creo que dedicaré varias entradas más al asunto…