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lunes, 4 de febrero de 2013

Mirar el lenguaje con ojos nuevos


Hoy he hecho una lectura casual muy grata. Se trata de un breve artículo sobre el lenguaje escrito en La Vanguardia por Emilia Conejo. No recuerdo el título, pero habla, básicamente, sobre el descubrimiento de las reglas del lenguaje, hecho que se produce inconscientemente durante la adquisición de la lengua materna pero que surge también, con todas sus complicaciones, cuando aprendemos una segunda o tercera lengua.
La reflexión sobre el propio lenguaje se llama "función metalingüística", ya apuntada por Jakobson hace muchos años. Esta función está muy presente en todos los hablantes respecto de su propia lengua. La vemos cada día en los niños que aprenden a hablar y nos hacen preguntas en principio inocuas pero endiabladamente difíciles de contestar de forma adecuada sin entrar en especificaciones sobre patrones agramaticales o estructuras sintácticas no posibles.
La función metalingüística se da de forma decisiva cuando uno intenta amaestrar una segunda lengua, aunque ahí contamos con el bagaje de la primera. Este hecho, en principio irrelevante, nos permite interpretar e internalizar estructuras nuevas y sorprendentes por contraposición o contraste.
Hace días intentaba explicarle a mi hija mayor la diferencia que hay en italiano entre los participios que toman el verbo essere como auxiliar y los que toman el verbo habere, para formar el pasado compuesto. Puedo decir “sono sempre vissuta a Barcellona” pero “ho vissuto una vita lunga e complicata”. Esa dicotomía le parecía extraña y poco económica. Bueno, le dije, las lenguas no siempre tienden a la solución más simple.
La admiración ante las distintas posibilidades de la estructura lingüística está en la base del quehacer de filólogos y lingüistas, hasta tal punto que no es posible leer una novela en otro idioma sin estar analizando a la vez el código. Cuando te encuentras, por ejemplo, una frase sendero de jardín en alguna novela o revista (una frase con ambigüedad sintáctica que te obliga a volver sobre tus pasos a mitad de lectura) sientes una satisfacción totalmente infantil, difícil de explicar. Es como para un entomólogo encontrar una rara especie de mariposa.
Igualmente asombrosos son, para el bilingüe inexperto, ciertos fenómenos encontrados por primera vez en otras lenguas. Recuerdo la primera vez que escuché en inglés una interrogativa con preposition stranding , del tipo: “What did you take that book out for?”. O una construcción resultativa, auténtico dolor de cabeza para el traductor exigente: The phone blasted me awake, o I´m drinking my troubles away.
Es hermoso seguir contemplado el lenguaje desde fuera y maravillarse de la complejidad que hay detrás de su aparente sencillez. Seguir mirándolo con los ojos curiosos del niño que empieza a descubrirlo o con el estupor del estudiante que intenta hacer suya una segunda lengua cuya estructura le desafía.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Mucha, mucha, mucha hambre...

Hoy estaba pensando que mis dos hijas son ya mayores y no dicen nada "analizable" desde el punto de vista lingüístico. Quiero decir que ya han parametrizado. ¿Se entiende, esto? Ufff...Me imagino hablando con alguna madre en la puerta del cole, preguntándole como quien no quiere la cosa: "¿Qué, tu hija ha parametrizado ya? La cara de flipe sería genial y seguramente no se acercaría a mí el resto del curso.
La cuestión es que mis hijos ya lo han hecho. Parametrizar, me refiero. Bueno, todos menos uno, el pequeño, que tiene tres años y es por tanto una fuente inacabable de lo que los lingüistas llaman "proto-grammatical utterances". Muchos lingüistas salivarían, que va, se ahogarían en su propia saliva ante la perspectiva de observar por un agujerito, libreta y lápiz en mano, a una madre y su hijo pequeño.

Por ejemplo, la otra tarde, a eso de las siete, se me acercan la mayor y el pequeño.
"¡Mami, tengo un hambre!" me urge Sofía. "Pues yo" suelta Samu todo triunfal "¡tengo dos hambres!"
Pues lo dicho, está organizando su gramática interna con el método de ensayo-error...
"Mucha, mucha hambre, ¿verdad?", le digo, mientras cierro el ordenador y me dirijo a la cocina.
Luego me quedé pensando que nunca había oído de alguna lengua que marcase la intensidad de una cualidad o acción mediante numerales cardinales, reservados, hasta donde yo sé, para marcar la pluralidad. El lenguaje infantil y los pigdins suelen expresar la intensidad (también la pluralidad y la iteratividad) mediante la reduplicación de material fonológico. En realidad, si bien la reduplicación gramatical existe en un tanto por ciento muy pequeño de lenguas (en 8 de las 957 incluidas en The World Atlas of Language Structures) la reduplicación extragramatical existe seguramente en todas las lenguas.

Un ejemplo de reduplicación gramatical sería (en indonesio):
rumah (casa)
rumah-rumah (casas)

La reduplicación extragramatical es muy común en el discurso hablado:
A: "¿Estás seguro?"
B: "Sí, sí, sí..."

Sobre todo, como ya he mencionado, en el lenguaje infantil:
Padre: "¿Cómo era de grande el dinosaurio?"
Hijo: "Grande, grande, grande..."

La reduplicación también está muy presente en el maternés (lenguaje que usan las madres). Se me ocurre algún ejemplo como:
"Y ahora la niña se bebe toda, toda, toda el agüita."

Hace no muchos años se consideraba la reduplicación un método de formación de palabras "primitivo" debido su alta iconicidad y se relacionaba exclusivamente con lenguajes rudimentarios (habla infantil y pidgins o criollos). La iconicidad se tiene en tipología lingüística por una de las fuerzas externas que más influyen en la formación de los sistemas lingüísticos, junto con las limitaciones cognitivas para el procesamiento sintáctico (ciertas estructuras lingüísticas pese a ser gramaticales son improcesables por la mente humana), la economía (los elementos lingüísticos predecibles por el contexto tienden a ser eliminados de las emisiones) o las restricciones de agrupamiento impuestas por el discurso para facilitar la comprensión (Whaley, 1997).

Por cierto, un día dí con un contraejemplo al principio de iconicidad en una gramática del mandinga. (Sí soy una friki, lo reconozco, pero confieso que no la leí entera, sólo algunos capítulos...).
Es muy bonito, ahí va:
"a xoore+n ya ni"
él es grande
"a xoore+n ni"
él es realmente grande
"a xoore ni"
¡él es tan grande!
" a xoore"
él es grandísimo
(Gràcia y Contreras, 2002).
No me digáis que no es alucinante: a mayor intensidad, menor material lingüístico.
He visto que se ha publicado bastante cosa sobre la reduplicación recientemente así que creo que haré alguna comprita como el Reduplication, de Inkelas (2005).
Tiene pintas de ser muy, muy, muy interesante.




domingo, 28 de marzo de 2010

Si las niñas tienen vulva, los niños tienen...

La hora del baño en casa es un caos. El cuarto de baño de los chicos es grande, pero con los tres dentro (uno bañándose, las otras esperando su turno) parece el camarote de los hermanos Marx. Son momentos muy divertidos en que aprovecho para sacarles información a mis hijos sobre cómo les va el cole, sus amigos, las extraescolares, etc. Como Samu tiene ahora dos años y medio, está en una época en que suelta unas cosas que no sabes bien de dónde las ha sacado, o si ha sido su cabecita la que las ha inventado... La cuestión es que estábamos el otro día en medio del follón cuando salta y dice (me imagino que estimulado por la visión de sus hermanas) "las niñas tienen vulva". "¿Y los niños?, ¿los niños que tienen Samu?", le pregunto yo, para ver si se sabe la lección completa. "Los niños, bulbo", me suelta.
Esto se lo recordaré toda la vida: en las comidas de Navidad, la primera vez que traiga la novia, ja, ja.

martes, 13 de noviembre de 2007

El instinto del lenguaje

Desde Aspects of the Theory of Syntax, el argumento de la pobreza del estímulo en la adquisición infantil de la gramática no ha podido ser rebatido por ningún especialista. En efecto, parece incontestable el hecho de que la gramática emerge en el niño sin esfuerzo aparente, a partir de datos lingüísticos insuficientes en su entorno. Otro fenómeno que apunta a que el infante no “aprende” a hablar sino que “parametriza” las estructuras de su lengua (fija aquellos recursos lingüísticos disponibles en la GU que conforman la lengua específica que se habla en su entorno) es el fenómeno de la regularización.
De lo que se ha hablado poco, sin embargo, es del hecho que los niños, en muchas ocasiones, corrigen estructuras agramaticales o anómalas desde el punto de vista semántico, a los padres. Este es un ejemplo, cuando menos, sorprendente: el otro día mi Inés está jugando con su primita en su habitación. Cuando subo, descubro la cama toda deshecha y la espeto:
—Inés, ¿ya os habéis subido con la primita María a la cama?
A lo que me responde:
—No mami, nos hemos subido sólo yo y María.
La cuestión es, si yo me refería a ella y a su prima, ¿por qué me responde de esa manera en apariencia tan incongruente? Pues porque con tan sólo cinco años, Inés “sabe” que un mismo argumento (la primita María) no puede estar repetido en las posiciones de sujeto y de complemento en caso comitativo, con lo cual infiere que el sujeto en plural tiene como referente implícito a ella y a otra u otras personas, de ahí su respuesta. La pregunta gramaticalmente correcta hubiera tenido que incluir el verbo en segunda persona del singular y ella ha sabido apreciar esa anomalía y corregirla inintencionadamente.
(Esta estructura oracional no es tan ajena a nuestro uso lingüístico como puede parecer en un primer momento. ¿Quién no ha oído a alguna madre alguna vez decirle a su hijo: “És que sou pastats, amb el teu pare!”? Estamos aquí ante un nuevo caso de desdoblamiento anómalo de un mismo argumento en dos funciones sintácticas dentro de una misma oración).
Está claro que los niños conocen bien lo que es aceptable o no en términos de estructura mucho antes de haber recibido instrucción específica alguna sobre la gramática de su lengua y esto, por más que recelemos de ciertos postulados innatistas, es impepinable.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Prototipo y ejemplares


Ayer por la tarde volvía del cole con mis hijas cuando la pequeña me comenta que han dibujado un árbol en la clase de plástica.
- ¿Qué árbol? -le pregunto yo- ¿Una palmera?, ¿un pino?, ¿un abeto, como los de Navidad?
Inés me mira con cara de pasmo y comenta finalmente con tono condescendiente:
- No mami, no. ¡Un árbol normal!
Esta más claro que el agua: yo pienso en ejemplares y ella dibujó el prototipo.