domingo, 4 de abril de 2010

Palabras y reglas: hipótesis sobre el escenario lingüístico inicial

De las muchas cuestiones aún por resolver en el estudio del origen del lenguaje, ninguna es tan esquiva como la naturaleza de las primeras emisiones lingüísticas en nuestra especie.
Pese a que desde la escuela formalista, por lo general, los esfuerzos se han centrado en la determinación de los mecanismos computacionales que operaron sobre un lexicón primigenio, desde otros ámbitos se intenta reconstruir de una forma más o menos coherente la forma y la gradual evolución del primer lenguaje usado por nuestros ancestros.

Independientemente de hacia dónde han dirigido el foco de su estudio, una asunción teórica común en la mayoría de biolingüistas es la existencia de un léxico comunicativamente eficaz antes de que empezaran a operar sobre él, seguramente optimizándolo a pasos agigantados, las primeras reglas sintácticas.
Una primera controversia emerge aquí a propósito de qué se ha de considerar lenguaje: ¿podemos llamar lenguaje a la mera concatenación inestable de unidades léxicas o, por el contrario, no hay lenguaje propiamente dicho hasta que no se consolida un armazón estructural con el que expresar pensamientos proposicionales mínimamente complejos? Visto desde otro ángulo, ¿pudo haber lenguaje sin sintaxis o, tomando el famoso título de Pinker, han de converger sus dos ingredientes principales, words and rules?

Estas y otras cuestiones relacionadas son las que abordaré en los siguientes apartados de esta entrada, dedicada a analizar el papel de las palabras en la evolución lingüística.

La centralidad de las palabras en la emergencia del lenguaje

“To account for the emergence of the language faculty –hence for the existence of at least one language- we have to face two basic tasks. One task is to account for the `atoms of computation´, the lexical items [...] The second is to discover the computational properties of the language faculty”. (Chosmky 2008: 5, u.p.).
¿Debemos interpretar este párrafo como un intento de capitulación, una aceptación de los comentarios de cierto sector crítico hacia su artículo de 2002? ¿Quiere restituir Chosmky importancia al léxico o sigue pensando que el único elemento plenamente humano y específicamente lingüístico es Merge?

Recordemos que Chomsky, Hauser y Fitch si bien defienden una FLN con el mecanismo recursivo generativo como único componente, apuntan tímidamente que quizás ciertos aspectos clave de las palabras podrían considerarse también exclusivamente humanos, que un número de propiedades léxicas elementales parecen tener análogos u homólogos “débiles” entre el mundo animal. Ésta, no obstante, es su máxima concesión al léxico en su hipótesis exaptacionista.

Un problema esencial al que Hauser, Chomsky y Fitch no dedican ni una línea (debido precisamente a que el propósito de su artículo es la defensa del origen emergentista, no evolucionista del lenguaje) es el paso de un lenguaje desprovisto de sintaxis a un lenguaje plenamente sintáctico. Porque, ¿qué hay, qué sucede entre las primeras palabras pronunciadas y el momento en que Merge empieza a operar? ¿Surge Merge, el mecanismo computacional generativo por excelencia, a la par que el lexicón inicial o ha de asumir éste antes cierta masa crítica en que una combinatoria arbitraria y cambiante se torna inviable, comunicativamente hablando?

Al igual que Berwick (1998), parece que Chomsky asume que “all that was needed for syntax to arise was a pre-existing lexicon and a single combinatorial operation called Merge”. Sin embargo, Chomsky es lo bastante vago en su último artículo sobre biolingüística como para dejar este tema a la interpretación del lector (2008: 12): “maybe about 75,000 years ago, an individual in a small group of hominids in Esta Africa underwent a minor mutation that provided the operation Merge –an operation that takes human concepts as computational atoms, and yields structured expressions that provide a rich language of thought”. Lo único que nos queda claro a partir de este párrafo es que Chomsky se reafirma en su pop hypothesis sobre la sintaxis, pero, lamentablemente, no es nada explícito sobre la precedencia o posterioridad de Merge respecto a un posible inventario ya operativo de unidades léxicas.
Sin embargo, si hemos de ser fieles al espíritu chomskyano, no hay mucha cabida dentro de sus postulados para un protolenguaje pre-gramatical, lo cual crea el problema que apunta Bickerton (2005, citado en tu presentación): o bien aceptamos que las palabras ya existían o nos encontramos con que Merge no habría podido operar sobre nada.
He aquí un asunto que sin duda Chomsky se verá obligado a aclarar en futuras intervenciones.

Revisión de algunos posibles escenarios

Todos los autores consultados que adscriben la postura gradualista convienen en que el principal evento en la evolución del lenguaje es la producción de unidades léxicas plenamente simbólicas. Sin embargo, pocos son los que han intentado dar cuenta del modo en que se crearon las primeras palabras. Alison Wray es una de esas excepciones.

De la llamada a la palabra

Wray (1998 y 2002) formula su hipótesis tomando como punto de partida un protolenguaje holístico puramente manipulativo y convirtiéndolo, de modo poco realista para algunos críticos, en un lenguaje analítico con gran potencial referencial.
Argumenta (2002: 133-234): “[I propose] that our ancestors first communicated entirely holistically, which limited them to using only a fixed set of routine manipulative utterances. They then developed a second, analytic system, that ran side by side with it. The impetus for the appearance of this system was the disambiguation of holistic messages [...] through the introduction of words for people and things, and, consequently, actions”.

Para cumplir con lo que parece es ya una conditio sine qua non de la investigación en la evolución del lenguaje, Wray postula sus propios fósiles lingüísticos: se trata de las miles de expresiones holísticas que trufan nuestra práctica comunicativa diaria, como los modismos, las colocaciones, las expresiones desemantizadas y el lenguaje formulaico en general.

El problema principal, que resalta Bickerton, es que el tipo de lenguaje primigenio que propone Wray no es holístico sino que se parecería a nuestras actuales lenguas polisintéticas: ¡una expresión del tipo que sea no es holística si puede descomponerse en elementos más pequeños con significado propio! Las mismas pruebas que propone, las fórmulas o modismos, aunque ya no cumplen con el principio de composicionalidad semántica, contienen sin embargo elementos distinguibles y significativos: el verdadero lenguaje holístico, al igual que los sistemas de llamadas animales, está formado por secuencias no descomponibles, entre otras cosas porque carecen de fronteras fonológicas internas.
Por otro lado, Bickerton encuentra la desambiguación, el proceso de interpretación de las partes de la llamada holística, terriblemente problemático. Para él, el vacío teórico más grande que impone esta teoría es (a) cómo empezaron a intuir nuestros ancestros (que carecían de cualquier noción sobre el lenguaje) que esas unidades holofrásticas estaban formadas por elementos significativos discretos “for if no sophisticated phonology existed, how could speakers judge whether any pair of phonetic tokens represented `the same´or `different´ syllables?” (2007:517) y (b) aún más difícil de imaginar es cómo, a pesar de la ambigüedad semántica que presentan las “holofrases” animales (donde un grito puede significar: “vete de aquí” o “no te acerques a mis hembras” o “voy a darte una paliza”) fue posible consensuar un único significado para cada una de las supuestas subunidades de la emisión.

Pese a todo, a Wray debemos un intento serio y elaborado de dar cuenta del origen de los primeros átomos lingüísticos, con la difícultad que entraña congraciar ese hecho con la visión continuista de la emergencia del lenguaje.

De las palabras a la sintaxis: what use is half a wing?

En este apartado listaré muy brevemente algunas de las teorías más comentadas que se han propuesto en torno a la evolución del lenguaje.
Todas tienen en común que
(i) parten de un escenario donde ya existía cierta forma de lenguaje (por tanto no se ocupan de cómo fue el paso de la llamada a la palabra)
(ii) dan por sentado que fue la convergencia de una serie de factores biológicos, culturales y cognitivos lo que posibilitó la emergencia y difusión del lenguaje
(iii) proponen una lenta mejora cualitativa y cuantitativa del código en varias etapas sucesivas, cosa que contrasta drásticamente con la tesis emergentista chomskyana, tal como explica Jean Aitchison (1998: 22-23): “Chomsky´s argument in favour of fast emergence is unconvincing. `What use is half a wing?´ he implies. Yet half-wings probably allowed birds to parachute slowly out of trees before they acquired the ability to fly upwards. Similarly, even small sections of language could have been useful, much as a few local words in a foreign city are more useful than no words”.

La misma Aitchison (1998, 2000, 2001) defiende que la expresión de las primeras palabras vino acompañada de lo que denomina la “consciencia del poder nombrar”, una consecuencia natural de la capacidad simbólica de la especie en determinada etapa. El gran paso adelante, señala, se produciría cuando al desarrollo total de la habilidad expresiva (gestual o vocal) se le sumaría este naming insight, lo que resultaría en una explosión de léxico. Algo parecido al primer gran hito a nivel ontogenético.

La explosión del nombrar llevó pronto a la necesidad de combinar las palabras de un modo no arbitrario sino consensuado, fácilmente interpretable. Al contrario de los chimpancés adiestrados, cuya mínima sintaxis muestra una combinatoria altamente impredecible, los seres humanos poseemos, según esta autora, unas preferencias de ordenamiento determinadas genéticamente (del tipo small on large, por ejemplo) que nos llevan a preferir The cat sat on the mat a The mat lay under the cat. Tipológicamente hablando, esas preferencias combinatorias se reflejan en universales sintácticos no absolutos como animate first o action-object closeness.

Charles N. Li, por su parte, es taxativo respecto a la importancia del léxico (2002: 88): “If we are interested in the origin of language, we need to understand the emergence of symbolic signals”. La emisión de las primeras palabras representa para este autor, en términos lingüísticos, el paso del Rubicón en la evolución de nuestra especie.
Más que a etapas o fases, Li se refiere en su obra a tres momentos culminantes en el advenimiento del lenguaje propiamente dicho (the crystallization of language). En primer lugar, se produciría la creación lenta de un repertorio de signos simbólicos para objetos concretos, cuya difusión y establecimiento dependería de un proceso paralelo de transmisión social y cultural. El segundo gran hito (a quantum leap) tendría lugar con la creación de nuevos signos para expresar entidades abstractas como los eventos o acciones. Por último, el tercer momento mágico en este proceso evolutivo llega cuando el vocabulario acumulado alcanza una masa crítica (op. cit. 90): “A lexicon with a critical mass contains all the bare essentials necessary for communication. Once words are sequenced to form larger linguistic units, grammar emerges naturally and rapidly whithin generations. The emergence of grammar in the first generation of speakers of a creole attests to the speed of the process”.

Lamentablemente, encontramos en este autor, como en muchos otros, la idea feliz de que la sintaxis aparece algo así como el conejo de la chistera: por arte de magia. Los detalles sobre la configuración de algo tan complejo y lleno de matices extraordinarios como el diseño computacional de nuestro lenguaje no merecen para Li gran atención. Quizás asume, tal como se queja amargamente Bickerton, que la sintaxis se reduce a cuatro reglas de ordenamiento oracional (1998: 342): “the belief seems widespread that once you have progressed as far as John loves Mary [...] syntax is off and running and nothing stands in the way of it gradualy expanding to embrace all the many complexities found in contemporary languages. Every serious syntactician knows that this is untrue. Serial sequencing is the least important aspect of syntax. Crucial relationships are vertical, not horizontal”.

Una propuesta muy parecida encontramos en la obra de Ray Jackendoff. Su asunción teórica respecto de los orígenes del código lingüístico no es muy distinta de la del resto de autores citados (1999: 272): “well before fully-fledged modern language, there must have been voluntary use of symbolic vocalizations (or other signals such as gestures)”.
La parte más innovadora en la teoría de Jackendoff es quizás aquella en la que apela a fósiles lingüísticos actuales que revelarían cómo fue el estadio de las “emisiones de una sola palabra”. Exclamaciones del tipo ¡ala!, ¡ay!, ¡epa!, ¡fiu!, etc., contienen ciertos rasgos primitivos que las convierten en esencialmente diferentes del resto de ítems léxicos de nuestro vocabulario: están ligadas a situaciones emocionales o afectivas, no pueden ser integradas en construcciones sintácticas y permanecen, en tanto que léxico automático proveniente del hemisferio derecho, en el habla de pacientes afásicos, incluso en la fase aguda. Además, añade el autor, otros aspectos de su especial semántica y pragmática indican que son restos aislados de un sistema anterior al lenguaje gramatical moderno.
El problema principal con estos supuestos fósiles es que son emisiones cualitativamente muy similares a las llamadas de la comunicación animal y Jackendoff no elabora, inexplicablemente, cómo pasamos de esas unidades holísticas y dependientes del contexto a emitir signos plenamente simbólicos.

Al igual que los autores anteriores, Talmy Givón defiende lo que denomina dos ciclos distintos de simbolización en el desarrollo del código lingüístico: el primero fue la emergencia del léxico y de su instrumento formalizador, la fonología, y el segundo fue el perfilamiento gradual de la gramática, codificada a través de la estructura morfosintáctica. De forma novedosa, este autor destaca (2002: 4): “In each cycle, an initial phase of more natural (iconic, non-arbitrary) code must have been followed by a shift toward a more arbitrary, symbolic code. In each, both the early iconicity and the later shift toward symbolism had unimpeachable adaptive motivations”.

A lo largo de sus trabajos, Givón defiende, en la línea de lo que hemos visto hasta ahora, que el desarrollo de la gramática tuvo por fuerza que ser uno de los últimos estadios en la evolución del lenguaje, secundario a la aparición de un inventorio léxico inicial. Se propone demostrar que “léxico antes que sintaxis” equivale a decir que una comunicación con características de pidgin precede evolutivamente a un lenguaje plenamente sintactificado (idea similar al protolenguaje de Bickerton). Para ello se sirve de la evidencia que proporcionan tres procesos evolutivos ampliamente estudiados: la adquisición del lenguaje en la infancia, los patrones de cambio diacrónico y el paso de las lenguas pidgin a criollos.

¿Como sería la comunicación pre-gramatical, el protolenguaje que propone Givón? Esencialmente, tendría las siguientes características:

(i) El grueso de las pistas para la codificación y decodificación del discurso pre-gramatical descansaría en el léxico y en un conjunto reducido de reglas sintácticas cognitivamente transparentes (icónicas) como la regla de proximidad y relevancia (units of information that belong together conceptually are kept in close temporal proximity) o la regla de ocurrencia e información (the order of occurrence of events in reality should be mirrored in the linguistic account).

(ii) Los recursos morfológicos estarían asusentes.

(iii) Las construcciones serían simples y coordinadas.

(iv) El orden de las palabras en la oración vendría modificado por mecanismos pragmáticos básicos como la disposición tema-rema.

El autor concluye que la dependencia de este tipo de comunicación pidgin del repertorio léxico concuerda con el hecho de que ontogenéticamente las palabras se adquieren antes que la gramática (tanto en la primera como en las siguientes lenguas aprendidas), además de con el hecho de que diacrónicamente las unidades léxicas son universalmente la precursoras, el origen, de la estructura morfosintáctica de las lenguas. En relación con esto último, toda la evidencia acumulada estos años en el ámbito de la teoría de la gramaticalización parece señalar hacia un más que probable estadio léxico inicial compuesto exclusivamente por nombres y verbos (Heine y Kuteva, 2007).

Conclusión

Después de este repaso sucinto a varias propuestas actuales de corte evolucionista, dos asuntos parecen indiscutibles, al menos a la luz del tipo de pruebas ontogenéticas con que contamos: el primero tiene que ver con un estadio léxico de partida (donde las palabras serían la piedra de toque en el escenario lingüístico primigenio); el segundo apunta a un proceso lento y gradual de optimización del código, consistente en la adición de material gramatical y en la fijación de ciertos recursos estructurales y de combinatoria.

Con más o menos acierto un buen número de autores ha elaborado este paso gradual de un protolenguaje basado en el léxico a lenguaje plenamente sintáctico; sin embargo, los principales promotores de la emergencia brusca y global de los mecanismos (o del mecanismo) sintácticos, tienen aún que explicar al resto de la comunidad científica cómo es posible que el armazón lingüístico haya podido surgir en ausencia de contenido semántico alguno.

Como colofón, las palabras de Jackendoff a este respecto (2002: 233): “The common view of Universal Grammar treats it as an undecomposable `grammar box´, no part of which would be of any use to hominids without all the rest. The syntactocentric perspective in particular presents serious conceptual difficulties to an evolutionary story. Syntax is useless without phonology and semantics, since it generates structures that alone can play no role in communication or thought; so syntax could not have evolved first”.

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